Los antifúngicos son medicamentos especializados diseñados para combatir las infecciones causadas por hongos patógenos que afectan al organismo humano. Su función principal es eliminar o inhibir el crecimiento de estos microorganismos, restaurando la salud de los tejidos afectados. Estos fármacos actúan contra diversos tipos de hongos, incluyendo levaduras como Candida, dermatofitos responsables de infecciones en piel, uñas y cabello, y hongos filamentosos que pueden causar infecciones más complejas.
Las infecciones fúngicas se clasifican en superficiales, que afectan principalmente la piel, mucosas y anexos cutáneos, y sistémicas, que comprometen órganos internos y representan mayor gravedad. El tratamiento adecuado y oportuno con antifúngicos es fundamental para prevenir complicaciones, especialmente en pacientes inmunodeprimidos, y para evitar la propagación de la infección a otras áreas del cuerpo o a terceras personas.
Los medicamentos antifúngicos se clasifican según su vía de administración y alcance terapéutico. Los antifúngicos tópicos, disponibles en presentaciones como cremas, pomadas, geles y sprays, están indicados para el tratamiento de infecciones superficiales localizadas en piel, mucosas y faneras. Estos productos actúan directamente sobre la zona afectada, proporcionando concentraciones elevadas del principio activo en el sitio de la infección.
Los antifúngicos orales, en forma de comprimidos, cápsulas o suspensiones, se utilizan cuando las infecciones son extensas, recurrentes o no responden al tratamiento tópico. Para infecciones sistémicas graves, se emplean antifúngicos de administración parenteral que alcanzan concentraciones terapéuticas en órganos internos.
En las farmacias españolas encontramos una amplia gama de medicamentos antifúngicos, cada uno específicamente formulado para combatir diferentes tipos de infecciones micóticas. El fluconazol (Diflucan) es uno de los más prescritos, especialmente eficaz contra candidiasis vaginal y oral, con dosis que varían entre 150mg en dosis única para infecciones vaginales simples hasta tratamientos prolongados de 100-400mg diarios para casos complejos.
El itraconazol (Sporanox) se utiliza principalmente para micosis sistémicas y onicomicosis, mientras que el ketoconazol está disponible tanto en formulaciones tópicas como orales para tratamientos localizados y sistémicos respectivamente. La terbinafina (Lamisil) destaca como el tratamiento de elección para dermatofitos, especialmente en infecciones de uñas y pie de atleta.
La candidiasis vaginal se trata comúnmente con fluconazol 150mg en dosis única o con antifúngicos tópicos como clotrimazol. Para la candidiasis oral, especialmente en pacientes inmunodeprimidos, se emplea fluconazol oral durante 7-14 días o miconazol gel tópico.
El pie de atleta y las infecciones ungueales requieren tratamientos más prolongados. La terbinafina oral durante 6-12 semanas es el estándar para onicomicosis, mientras que las infecciones cutáneas responden bien a antifúngicos tópicos aplicados durante 2-4 semanas.
La tiña corporal y del cuero cabelludo necesitan tratamiento sistémico, especialmente en niños. Las micosis sistémicas en pacientes inmunodeprimidos requieren antifúngicos potentes como itraconazol o fluconazol en dosis altas y tratamientos prolongados que pueden extenderse varios meses, siempre bajo estricta supervisión médica y monitorización de la función hepática.
Los antifúngicos pueden causar diversos efectos secundarios que varían según el tipo de medicamento y la vía de administración. Los efectos más frecuentes incluyen irritación local en el sitio de aplicación para tratamientos tópicos, como enrojecimiento, picazón o sensación de ardor. Los antifúngicos orales pueden provocar molestias gastrointestinales como náuseas, vómitos, diarrea y dolor abdominal. Algunos pacientes también experimentan dolor de cabeza, mareos o alteraciones del gusto.
Es fundamental informar a su farmacéutico sobre todos los medicamentos que está tomando, ya que algunos antifúngicos pueden interactuar con otros fármacos. Los azoles, como el fluconazol, pueden aumentar los niveles de anticoagulantes como la warfarina, incrementando el riesgo de hemorragias. También pueden potenciar los efectos de algunos medicamentos para la diabetes o interactuar con ciertos antibióticos y medicamentos para el corazón.
Durante el embarazo y la lactancia, el uso de antifúngicos requiere especial precaución. Algunos antifúngicos orales están contraindicados durante el embarazo debido a posibles efectos teratogénicos. Los tratamientos tópicos suelen ser más seguros, pero siempre debe consultarse con un profesional sanitario. Las mujeres embarazadas o en periodo de lactancia deben informar su estado antes de iniciar cualquier tratamiento antifúngico.
Los tratamientos antifúngicos prolongados, especialmente los administrados por vía oral, pueden requerir controles periódicos de la función hepática. Algunos antifúngicos sistémicos pueden causar hepatotoxicidad, por lo que es importante realizar análisis de sangre regulares para monitorizar las enzimas hepáticas durante el tratamiento. Suspenda el medicamento y consulte inmediatamente si presenta ictericia, orina oscura o dolor abdominal intenso.
Debe buscar atención médica inmediata si experimenta reacciones alérgicas graves como dificultad para respirar, hinchazón facial o erupciones cutáneas extensas. También consulte si los síntomas empeoran después de varios días de tratamiento, si aparecen nuevos síntomas o si presenta signos de toxicidad hepática. En casos de infecciones recurrentes o resistentes al tratamiento, es necesaria evaluación médica especializada.
Es crucial completar todo el ciclo de tratamiento antifúngico prescrito, incluso si los síntomas desaparecen antes de finalizar el medicamento. Interrumpir el tratamiento prematuramente puede resultar en una recaída de la infección y contribuir al desarrollo de resistencias. La duración del tratamiento varía según el tipo y localización de la infección, pero típicamente oscila entre 7 días para infecciones superficiales hasta varias semanas para infecciones más profundas.
La prevención de las infecciones fúngicas requiere mantener una higiene adecuada y controlar los factores predisponentes. Es importante mantener las zonas propensas a infecciones limpias y secas, especialmente entre los dedos de los pies, pliegues cutáneos y área genital. Cambie regularmente la ropa interior y los calcetines, preferiblemente por prendas de algodón que permitan la transpiración. Evite compartir objetos personales como toallas, calzado o instrumentos de manicura.
En España, muchos antifúngicos tópicos para infecciones leves están disponibles sin receta médica. Sin embargo, los antifúngicos orales y algunos tratamientos tópicos más potentes requieren prescripción médica. Es necesaria receta para infecciones sistémicas, infecciones recurrentes, tratamientos en pacientes inmunodeprimidos o cuando se requieren antifúngicos de amplio espectro. Su farmacéutico puede orientarle sobre qué opciones están disponibles sin receta y cuándo debe consultar con un médico.
Los antifúngicos deben almacenarse según las indicaciones del envase, generalmente en un lugar fresco y seco, protegidos de la luz directa y fuera del alcance de los niños. Los medicamentos tópicos como cremas y pomadas no deben congelarse y deben mantenerse a temperatura ambiente. Verifique siempre la fecha de caducidad antes del uso y deseche adecuadamente los medicamentos vencidos o no utilizados en los puntos SIGRE de su farmacia.
Para prevenir el desarrollo de resistencias antifúngicas, es fundamental usar los medicamentos exactamente como se prescribe, completar todo el curso del tratamiento y evitar la automedicación repetida. No comparta medicamentos antifúngicos con otras personas, ya que diferentes tipos de infecciones requieren tratamientos específicos. El uso inapropiado o incompleto de antifúngicos puede seleccionar cepas resistentes que son más difíciles de tratar en el futuro.